La extinta experiencia del cine

Cuando yo era niño, ir al cine no consistía en sólo comprar un boleto y meterte a una sala.
Más allá, no existían las taquillas electrónicas, por internet ni preventas. No había multisalas o eran muy escasos (Estilo Telecines CASA).
Permítanme describir un poco la experiencia:

Tu veías en los periódicos la cartelera, dado que era la única manera de enterarte de las películas que estaban en exhibición.
Los horarios eran lo menos importante. Por default sabías que las funciones eran 4:00, 6:00, 8:00 y 10:00.
Y no, no había funciones a las 11am. Si acaso, algún cine como el Continental, manejaba películas infantiles en matinee, pero no era una práctica común.

Los cines a los que mi madre me llevaba eran el Opera, Rivoli, Paris, Latino, La Raza y Diana. Sobra decir que a causa de los 2 primeros, tengo hermosos recuerdos de Santa María La Ribera y San Rafael/San Cosme.

A mi, a la fecha, me impresiona la fachada del Opera. Llegabamos al cine alrededor de las 3pm a formarnos. Había una taquilla a ambos costados de la entrada. Generalmente, la del lado izquierdo no estaba disponible, dejando que del lado derecho se formara una fila que incluso, llegaba hasta la esquina en funciones veraniegas.
Cuando la fila llegaba cerca de la taquilla, me gustaba ver los pósters exhibidos al lado de la misma. Si mi madre me daba permiso, corría hasta la caseta del otro extremo, donde se mostraban los pósters de los próximos estrenos.
Pedíamos los boletos y una señorita dentro de la taquilla recortaba de un grueso fajo, 2 trozos de papel. Eran las entradas de aquél entonces.
En los boletos se podía leer
“Cine Opera. Función de estreno. Hay permanencia voluntaria. $5.”
No se indicaba horario, ni el título de la película.
Entrando por la puerta principal, la majestuosidad del cine Opera, era extraordinaria. En el vestíbulo, 2 amplias escaleras alfombradas, una a cada extremo. En medio, un gran candelabro, debajo del cual, estaba el acceso a la sala.

Podías adquirir las típicas palomitas, aunque sabías que no eran recién hechas. No había máquinas palomeras funcionando. Las traían en bolsas enormes y las vacíaban en un contenedor, justo detrás del mostrador de la dulcería. Me gustaba el sabor de las palomitas, aunque reconozco que sabían a viejo: Rechinaban, estaban muy saladas y descoloridas. Las servían en una bolsa de papel.
Mi madre pedía malvaviscos “Bremen”.
Entrando a la sala, el enorme pasillo, que finalizaba con una gigantesca pantalla…
O probablemente era una pantalla regular, pero por mi tamaño y edad, la recuerdo como monstruosa.

Las cortinas tapaban la pantalla.
Al apagarse las luces, la pantalla se revelaba ante mi.
Probablemente media hora antes, ya había imagenes mostrándose. Un documental-informativo de Bilbatúa, que iniciaba con un hombre mirando al público a través de su telescopio con su característica música de presentación.
Esta escena, seguro la recuerdan mis contemporáneos.

Con todas sus deficiencias que incluían sonido “mono” en algunas salas, el ir al cine era vivir la película.
No se trataba de hacer una reservación en internet, llegar a un asiento reservado, pedir una cerveza, que te traigan ésta a tu asiento y ver una frígida pantalla.

Brad Bird (director de “Los Increibles” de Pixar y “Misión Imposible: Protocolo Fantasma) concuerda en que la experiencia del cine está muriendo.
Incluso, habla de que, en ocasiones, es mejor que el público compre un Home Theater, una mega pantalla de plasma y vea la película en su casa, dado el frio ambiente de los cines actuales.

Actualmente, ya no hay cines del calibre del Opera. Ni se diga del Latino que con su piso principal y balcón, te dejaban con la boca abierta ante su capacidad.

Creo que para esta época, lo más relacionado a “ir al cine”, eran los ya mencionados Telecines CASA (Carlos Amador, S.A.) ubicados, en su mayoría, en el centro de la ciudad: Real Cinema en el metro Hidalgo, Palacio Chino cerca de Bucareli, Palacio y Majestic en Santa María La Ribera, etc.
Eran cines “pequeños” y en el caso del Palacio Chino, eran multisalas.
La Sala D, de éste último, era realmente diminuta. Cabían, calculo, no más de 150 personas.

La última película que vimos en esos cines, fue la versión restaurada de “Lawrence de Arabia” en el Palacio Chino, por ahí de finales de los 80s/inicios de los 90s.

Si extraño la experiencia de sentirme en una sala majestuosa, con lujo, con pantalla gigante, con cortinas, con mini-posters que mostraban escenas de las películas, con pasillos largos, con boletos de papel, con permanencia voluntaria (digo, aprovechando), y claro, sin 15 minutos de comerciales y spots políticos.

Extraño ir al cine.
Lo más cercano a eso, es ir a la IMAX.
Eso, claro, me lo arruina el 3D.

Todos los cines antes mencionados, ya no existen. Están en ruinas o peor aún, son lugares de conciertos o antros.

Puedo decir que soy de la generación que VIVIO el cine.
PD. Extraño aún MAS “Tonina” que estaba al lado del Cine Opera. Que ricas tortillas de harina y gorditas de nata.

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