A mi padre…

En estos días pasados, he estado muy en contacto con la muerte. Las circustancias, si no se molestan, me las reservo.

Esto, me ha llevado a reflexionar sobre la relación que mantengo con mis padres.
Desde hace mucho, traigo estas palabras atoradas en la cabeza, pero no fue sino hasta esta semana cuando creo que tengo el valor para sacarlas.

No tengo contacto con mi padre desde hace 3 años, ya.
No lo extraño, puesto que eso implicaría que algún día tuvimos una relación.
De él, tengo 3 recuerdos:
1. A mis 2 o 3 años, nos visitó (Mis padres son divorciados) y yo, emocionado, le mostraba mis juguetes. Al cabo de 10 minutos, se levantó y se fue.
2. A los 8 o 10 años, me sentó en una silla, me miró fijamente y me dijo “No seas como yo. Hombre es aquél que tiene una sola mujer y se dedica a ella”. El único consejo que aún presumo de haber recibido y claro, practico diario.
3. Me regaló una guitarra eléctrica. Esta guitarra aún la conservo, cuando ha pasado por mi mente en varias ocasiones el venderla o regalarla. Imagino la conservo en esperanza de tener un lazo inexistente con una persona que, puedo decir con ferviente seguridad, no me quiso en su vida.

Mi padre siempre decía “Si quieren, vengan a verme ustedes a mi. Yo no iré a verlos”.
No imagino a un padre humano o religioso, dícese Dios, que siquiera piense en esta condena.
Mi padre tuvo 13 hijos, al menos. Obvio, con distintas mujeres. Me parece que tiene asma. Fuma mucho. Es de signo Cáncer. Mide como 7 centímetros más que yo. Me parece haber leido que su helado favorito era el de fresa.
No se más de él. No tengo un lazo, bueno o malo con él. Es mi padre, pero más que ausente, es una mera representación.
Como toda relación ausente, la idealizo. (Esto también les pasa a ustedes cuando imaginan una relación amorosa con un compañero que no tienen: No les hace daño, los adora, son perfectamente felices. Aún cuando en la realidad, podría no ser cierto)
La idealización viene en forma de compañerismo, de camaradería, de paternidad entregada y absoluta: Me aconseja, me pregunta diario “Como estás?”, me llama y me desea buen día (como mi madre lo hace), de vez en cuando nos vemos, desayunamos y nos hacemos reir mutuamente.
Nada más alejado de la realidad.

Cuando era niño, lo visité. No tendría yo más de 10 años. A mi regreso, le escribí una carta, “reclamándole” (mas bien, pidiéndole) porqué no teníamos una relación.
Me cuenta mi madre que recibió una llamada de él, “muy enojado” y diciendo que ni bien comenzó a leer la carta, la rompió. La tiró al ver que su hijo “le reclamaba algo”.

Es la metáfora más vívida que tengo de la relación con mi padre.
Yo, tratándo de contactarlo, de decirle algo, de entablar una especie de relación. Tarde o temprano, él se cansará de mi y dirá o hará algo para cortar el nexo y se irá.

Podría decir:
“Tu matrimonio no va a durar. No sirves para eso. Te va a dejar a los 2 meses”.
O
“¿Cómo está tu hermana?”
O simplemente,
“¿Qué quieres?”

Incluso hoy, tengo esa… necesidad? No se. Esa perturbación de querer decirle que a pesar de todo lo que ha pasado, lo perdono y espero con toda mi fe que él me perdone mis múltiples fallas como hijo. Que talvez no supe darle lo que él esperaba de mi. Que si se alejó, probablemente era porque yo no estaba a la altura de sus expectativas.

Pero… cual es el punto?
No lo escuchará. Será tomado en cuenta y desechado en el mismo momento. Más allá: Seré arrogante por siquiera insinuar el que “lo perdono”.

Me hubiera gustado mucho tener un padre. Creo que me habría formado de otra forma: Menos débil, menos reflexivo, más instintivo, más aterrizado. Más real.

No voy a meterme en la relación que tuvo con mi madre. Al final, esa relación es de ellos. Si falló como hombre, no es mi papel juzgarlo. Vaya, ni siquiera como hijo lo juzgo. No se puede juzgar lo que no se tuvo. No puedo decir que fue mal padre. Finalmente, no puedo decir nada más que esto:

Extraño a mi padre. Es curioso que extraño algo que jamás tuve.
Me hubiera gustado haber estado ahí para él. Verlo envejecer, verlo de viejo cascarrabias, sentado, fumando y arrojando groserías a más no poder.
Ahora que reflexiono, cualquier relación hubiera sido buena. Toda, menos la actual.

Dice una canción: “Ya no quiero que me lastimen” y es lo que siento ahora.
Quisiera llamarlo y decirle todo esto. Pero al final, muy hasta el final, el herido, seré yo.

Aprendí de mi padre a alejarme de lo que te haga daño.
Así, padre, perdoname por todo el daño que te hice y que provocó que te alejaras.
No fue mi intención. Era yo un niño, ¿que podía saber de lo que esperabas tu de mi?

La línea base es que si alguien te quiere, estará contigo. No tiene que ser una presencia física. Hoy, mi mejor amigo me extraña y lo extraño y ambos lo sabemos. Mi hermana me odia y la odio, pero nos queremos mucho.
No se si mi padre algún día me dedique un pensamiento. No sé si algún día me quiso. No lo se.

Pero en el afán del amor verdadero, le deseo bien todos los días. No me importa si él me quiere, yo si lo quise. Y por ello, me siento con todo el derecho de decir:

Mi padre tiene un nombre del norte. Llevo el nombre de mi padre. Sigo tu consejo todos los días, padre. No tengo nada que perdonarte. Espero de tu lado, sea igual. Deberías de verme ahora: Te haría sentir orgulloso. Soy un hombre responsable, de bien, trato de no hacerle daño a nadie. Soy querido por mi pareja, por mis amigos, por mi familia. He conseguido todo lo que me he propuesto. Soy estable en el trabajo y reconocido, además.
Pienso en el bienestar ajeno: Aún me quito la camisa por el prójimo.
Me heredaste el carácter fuerte, pulmones débiles y la nariz tosca. Cuando preguntan por ti, nunca hablo mal; prefiero evitar la pregunta. Dejaste con tu partida un hueco que nadie puede llenar. No soy débil como piensas. No poseo la máxima fuerza tampoco. Me he sabido levantar, aún cuando la vida me hace tropezar seguido.
No mido mi vida en centavos ganados o invertidos, sino en sonrisas y carcajadas provocadas en mi y en otros.
No creo ser una mala persona. Sin embargo, al día de hoy, mi mayor fracaso, sigue siendo que no estuviste aquí.
No se que te alejó, pero espero con todo el corazón que no haya sido yo.
Si algún día nos volvemos a ver en esta u otra vida, correré a abrazarte en señal de que, a mis ojos, estamos en paz.
No me debes nada.
No hay rencores.
No hay enojo.
Gracias por todo.

Pero todo esto pasa sólo en mi cabeza. La realidad es que no está aqui. Jamás estuvo aqui. Jamás quiso estar aqui.
Y así, pasaron 35 años. 35 años deseando algo que nunca llegaría.

Pero sigo con la frente en alto. No me rendiré. No habrá en mi duda alguna: Soy hijo de mi padre. Soy un consejo encarnado. Soy un Borbon que acepta lo que es. Con fallas, incluso.

No soy el hijo perfecto. No soy la pareja perfecta.
Pero Dios sabe que cada día, lo intento.

Padre: Tu fuiste mi inspiración para ello. Y te lo agradezco.

No se si tu lo intentaste con todo tu ser cada día.
Pero yo, jamás cederé. Seguiré intentandolo día tras día.
Espero, una mañana cualquiera, como esta, me de cuenta de que por fin, lo he logrado.
Y sabré entonces, que si bien parte del éxito es tuyo, lo habré logrado por ti y a pesar de ti.

Un día lograré ser digno de llamarme Borbon, no con base a la generación anterior, sino a la real estirpe que me antecede.
Ese día, podré mirar atrás, hacia mi pasado mismo y no sentirme rechazado, abandonado o triste. Veré que todo fue con razón. Que no hay accidentes.
Que una ausencia creo fuerza.
Que un hombre puede engendrar a un superhombre.
Que no cabe el perdón en medio del silencio.
Que no necesitamos perdonarnos mutuamente.

Ese día, padre, rogaré por tu perdón una vez más, pues te he superado.

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